martes, 16 de junio de 2009

Adentro y Afuera


27 de Noviembre. 2007.
Hoy estuve en un centro de detención de máxima seguridad para jóvenes. El Instituto Almafuerte, allí son trasladados los delincuentes juveniles mas peligrosos de Conurbania. O al menos eso dicen algunos.

En la medida en que entrábamos por los pasillos del penal las ventanas eran cada vez menos, el sol radiante, incandescente de las dos de la tarde de Melchor Romero era imposible de soportar. El piso era liso y brillaba y las paredes también eran lisas pero no brillaban. Todo ocre. Las rejas tenían barrotes gruesos color celeste un poco despintado y parecía que nadie jamás las podría abrir, con o sin llaves. Las ventanas eran solo un recuerdo de mi departamento y además había unos huecos pequeños y altos enrejados, por donde entraba luz pero donde rara vez se podía ver otra cosa que una pared dos metros mas allá del hueco. El horizonte al que accedía visualmente, resulta casi tan estrecho como el horizonte de las expectativas que hay en esos muchachos que están ahí detenidos.

Los trabajadores de ahí, tienen cara de estar habituados, pero sus movimientos y la forma en la que proceden esta llena de esa carga que tenemos cuando creemos que cualquier cosa indeseable puede pasar en cualquier momento, y que por tanto hay que tomar todas las medidas precautorias necesarias con el mayor celo posible. Así su rutina.

Cuando las temporadas heavys, suele haber peleas día por medio. Estas peleas habituales consisten en que dos muchachos fornidos, de entre 17 y 21 años, con toda la energía de las personas cuando tienen esa edad, mas toda su pericia en actos violentos, mas la energía acumulada por –en muchos casos- años de encierro, se agarran a las trompadas, así sin más. Durante uno o dos minutos se pelean hasta que llega personal de seguridad y los separa vaya a saber cómo demonios.

Día por medio dos tipos se cagan bien a golpes y otro grupo sale a las corridas, abriendo y cerrando rejas para interrumpir la pelea. De vez en cuando, la cosa pasa a mayores y unos cuantos son los que deciden pelearse o amotinarse.

Todas las puertas tienen llave y todas las llaves tienen uso. Todas las puertas que no tienen llave se golpean antes de abrirlas. Cada vez que alguno de los detenidos tiene contacto con alguien que no pertenece a la institución son requisados hasta el culo. Cada vez que uno de los detenidos está en su celda y quiere ir a mear, tiene que llamar a que el personal vaya hasta la celda, la abra, la cierre para que no se escapen los otros tres, lo lleve al baño, lo espere, lo acompañe hasta la celda, la abra nuevamente, y después la vuelva a cerrar. Esos tipos piden permiso para ir a mear.

Ningún elemento es visualmente atractivo ahí adentro, no hay nada estéticamente valorable, no hay nada contundente, las mesas son de plástico, las pocas sillas livianas, los platos también de plástico igual que los cubiertos y no hay nada que no sea estrictamente necesario: un cuadro una maseta un cenicero de Bariloche un mortero del noroeste un llavero de Esquel una ciervo embalsamado una pecera un portarretratos un lapicero un perchero de hierro una lámpara que cuelgue una alfombra unas tapas de discos unas piedras de la playa un nido de hornero un baúl una bolsa de regalo abandonada en un rincón, ninguna cosa, nada de eso que cualquiera tiene o que dé signos de que ese es un sitio habitable, forma parte de ese lugar, ni una guía Peuser, ni un mapa de la provincia de buenos aires, ni un cuadrito del Sr. Gobernador, ni una placa de bronce de algún fundador de algo, ni el escobillón, con la palita apoyada entre la pared y los pelitos fluorescentes.

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