miércoles, 11 de septiembre de 2013

El 11 de septiembre, como lo recordó un amigo


Comparto este fragmento del libro Paredón y Después, de mi amigo Enrique Gil Ibarra:


""Hoy es 11 de septiembre. Hace 25 (¿ya?) años caía en manos de los militares chilenos el Palacio de la Moneda, sede del Gobierno. Caía también, junto con las puertas de su despacho privado, el Presidente Constitucional, Salvador Allende.

Las puertas fueron devueltas a su posición original.
Pocos meses antes en Buenos Aires tuve, junto a otros varios muchachos de mi edad, el honor de conocer al compañero Salvador, y al compañero Dorticós, entonces presidente de Cuba. Fue en ocasión de la asunción del gobierno peronista, luego de finalizada la dictadura militar del General Lanusse. 

Desde el Hotel Plaza, ubicado en pleno centro de Buenos Aires, en Santa Fé y la peatonal Florida, ambos presidentes -el chileno y el cubano- debían trasladarse, primero a la Casa de Gobierno en Plaza de Mayo, y luego al Congreso Nacional. Insólitamente, los dos decidieron despreciar los automóviles y las custodias. Era una hermosa mañana de otoño, y no hay nada mejor -es sabido- que caminar por la peatonal Florida en una mañana de otoño de Buenos Aires. Así nos fuimos. Ellos dos, uno al lado del otro, conversando y saludando a la gente. Yo, mocoso (tan joven!) entre otros muchos, caminando deslumbrado a su derecha.

Hoy es 11 de septiembre. Hace exactamente 25 años yo caminaba con mi primera esposa por la Calle Corrientes, también en Buenos Aires. Eran, creo, las 5 de la tarde. Una bellísima tarde de casi primavera. Frente a la disquería que en ese entonces estaba al borde de la Galería del cine Arte nos paramos a escuchar (¿casualidad?) la Cantata de Santa María de Iquique, por el conjunto chileno Quilapayún. En un instante, las flautas se transformaron en la voz de un locutor que por una radio ignota anunciaba: las tropas tomaron la Casa de la Moneda. El presidente de Chile, Salvador Allende, está muerto.
Puedo contar -sin verguenza, lo juro- que allí nos sentamos a llorar.

¿Desgracia anunciada? ¿Errores? No me importó, ni me importa. Me ha llegado después -tal vez leyenda- la imagen del compañero Salvador, con su ametralladora, parapetado detrás de su escritorio, jurando que no saldría con vida. Y cumpliendo.

¿Desgracia anunciada? Es posible. Recuerdo un año antes (¿o fueron dos?) a Fidel visitando el milagro del socialismo en paz. Recuerdo al Comandante en su uniforme de combate. Recuerdo también su comentario escéptico.
Previniendo..previniendo. 
Los dueños de las minas no son tontos."

Otro amigo, , me pasó esto:

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