domingo, 25 de noviembre de 2012

Si me querés, quereme transa



Me encontré con un párrafo provocativo (más de uno) de "si me querés, quereme transa", ese libro sobre los transas y los narcos que escribió Cristian Alarcón.

Cuenta una entrevista con un narco de origen peruano que se encuentra detenido en una penitenciaría argentina, y dice: "debí prometerle lealtad: no revelar nombres reales, no darle al enemigo información que lo pueda perjudicar, evitar que la verdad que él cuenta sobre su vida termine sirviendo como prueba en un juicio. Desprecia a la policía y a la Justicia. Debo jurar que nunca, jamás, testificaré en su contra. Estoy de acuerdo. En mi ética, la mayor virtud está en la verdad. La verdad está lejos de las comisarías y de los tribunales. La verdad está sólo en la calle".

No me resulta provocador por la ética a la que refiere Alarcón, que creo que está enmarcada dentro de lo esperable del ejercicio periodístico, sino porque además emerge, desde el interior de ese párrafo, una crítica sobre la institución policial y las instituciones judiciales, y una afirmación que hoy día, tanto en el periodismo como en el ejercicio de la política no suele pronunciarse: "La verdad está lejos de las comisarías y de los tribunales. La verdad está sólo en la calle".

Vivimos días en los que abundan periodistas recorriendo los pasillos de los tribunales, mientras los abogados recorren las salas de los hospitales, como cazadores, buscando a otros cazadores, que ya fueron cazados.

Y hay dirigentes políticos de baja estofa recorriendo los pasillos de palacios legislativos, que después llegan a los comités o a las unidades básicas para administrar "la verdad", eludiendo, claro, los problemas que trae la administración de esas otras historias, que están en la calle, y cuyo curso -se supone-, deberíamos transformar.

También, creo, que una de las razones por las que es provocativo, o movilizador, es porque vivimos un tiempo en el que las instituciones están corriéndose, lentamente (algunas muy lentamente) del lugar a donde estuvimos acostumbrados a verlas por años y años. De vez en cuando, algún tribunal pronuncia las mismas palabras que escuchamos allá afuera, y eso, nos hace nos hace un enorme ruido. O convierte en palabras, en discurso, aquello que sólo hacía ruido.

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