martes, 18 de junio de 2013

Carlos Fayt


Leemos a Irina Hauser en Página 12, que empieza así, riéndose del poder tribunal:

“La primera transmisión de radio. La insulina. La penicilina. El nylon. El helicóptero de dos rotores. El reactor nuclear. La bomba atómica. La cámara Polaroid. El horno microondas. La TV color. La vacuna Sabin. La píldora anticonceptiva. La llegada del hombre a la Luna. La calculadora de bolsillo. La tomografía computada. La fibra óptica. La computadora. El teléfono celular.” En la voz engolada que enumera hay una excitación descontrolada. Es Magallanes, el personaje antikirchernista que irrumpe en las mañanas en Radio Nacional. Desborda de algarabía al darse cuenta de todos los hitos de los que debe haber sido testigo el juez de la Corte Suprema Carlos Fayt, un libro abierto a esta altura, quién mejor para ser juez ahí en la cima que alguien que lo vivió todo. Como es su costumbre, Magallanes quiere decir algo en contra, lo que sea (de eso se trata, de oponerse), sobre la alusión que había hecho la presidenta Cristina Kirchner a los 95 años del juez supremo, treinta de los cuales transcurrieron en el máximo tribunal.

Y dice Hauser, más adelante:

Pero basta dar un pasito al costado, para darse cuenta de que no es la edad de Fayt lo que importa, sino lo que simboliza. Lo que importa es qué pasa en el resto de la sociedad cuando la maquinaria de supervivencia del sistema judicial y sus condiciones privilegiadas quedan al desnudo. Y se da esta paradoja de que son los propios jueces los que deciden sobre sí mismos, siempre con la Corte Suprema como dueña de la última palabra. Como será en cuestión de horas, con la reforma del Consejo de la Magistratura y la elección popular de sus miembros.

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