sábado, 16 de octubre de 2010

Tres actos y un escenario


“A la lealtad le tenemos que agregar la solidaridad de todos los trabajadores…” dice Cristina Fernández, mientras, Scioli, estoico, dice algo cerca del oído de Hugo Moyano. Néstor Kirchner está a su lado.

El estadio de River, repleto, no parece el acto de una fuerza en retirada. Cuando Duhalde cerró su campaña electoral en la que fue holgadamente superado por el inexpresivo Fernando de la Rúa, hizo un acto en River. El estadio estaba visiblemente raleado en un día gris. Esa tarde la tormenta se desató con viento y lluvia, Duhalde vociferó en medio de la tempestad. Ayer el cielo también estuvo gris, pero la tormenta se contuvo y el acto brilló por su contundencia y prolijidad.

El primer proyecto impulsado por la oposición que resulta aprobado en ambas cámaras, fue vetado por la presidenta apenas unas horas después. Ningún monumento tembló sobre los pasos rabiosos de una multitud crispada. Las plazas públicas mostraron parejas de enamorados, vendedores de pochoclos, la plaza de mayo con sus ratas con alas, turistas, pañuelos, y la caravana de especialísimos reclamos que todos los días circulan por la ciudad de Buenos Aires.

El tan ansiado veto presidencial ocupó incluso menos centimetraje del esperado, la ciudadanía siempre supo que el proyecto desde su génesis o en su paso por el ejecutivo, sería ultimado, y las morisquetas de muchos dirigentes opositores no fueron más que eso. O a penas muecas de un orgasmo interrumpido por 33 mineros chilenos.

Cristina Fernández de Kirchner se animó a un contrapunto en el acto de la CGT, y le señaló a Hugo Moyano que ella también es una trabajadora, y lo es desde los 18 años, cuando ingresó como una simple empleada del Ministerio de Economía. Moyano había expresado con su voz lo que ya estaba escrito: “Es la hora de los trabajadores”. Y señaló su anhelo de encontrar(se) a (como) representantes de los trabajadores en los tres poderes. Él, seguramente en el Poder Ejecutivo.

Cristina se paró de manos, y la reivindicación de su propia biografía no fue un simple señalamiento a sí misma. Se debe interpretar, que el presidente Lula Da Silva, siendo un obrero industrial que alcanzó la cúspide de la política partidaria dando un salto desde el sindicalismo, no se diferencia en mucho de los lineamientos de la multimillonaria abogada Cristina Fernández de Kirchner.

Ese contrapunto contrasta en formas y contenido con los que mojan el desabrido congreso de IDEA. Como señaló el diario La Nación, los empresarios se animaron a diferir en público sobre sus comportamientos en los actos que organiza la Presidencia. Y alguien señaló que cuando el Gobierno Nacional presentó la resolución 125, Cristiano Ratazzi se apersonó al acto en la Casa Rosada y aplaudió con sus palmas muy cerca de las rodillas, para que lo vea la Presidenta, pero no las cámaras de televisión ¿Clientelismo político?

Otra apostilla interesante de la semana fue el tratamiento que muchos medios hicieron del congreso de IDEA y el acto de la CGT en el estadio Vespucio Liberti del Club Atlético River Plate. ¿Se imaginan a un movilero de TN mostrando cómo comen (y beben) los casi 800 empresarios que se congregaron? ¿O averiguando si el astronómico servicio de catering corre por cuenta de los invitados, o los pagan sus asociaciones gremiales, o quién? ¿Alguien vio una crónica o trascendido sobre las corridillas en los pasillos de los hoteles donde se alojan estos personajes? En cambio los trabajadores tienen que exhibir a su marcha que beben agua mineral, y las cámaras se concentran en latas de cervezas aplastadas en el cordón cuneta de AV. Udaondo, el estado del tránsito es un tema central, y la inexistencia de incidentes se exhibe como un exotismo impropio de estas pampas.


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